Magufos Anónimos: Felipe Valencia Hernández


…porque también yo, en cierto período, fui dinosaurio: digamos durante unos cincuenta millones de años; y no me arrepiento.
Italo Calvino, Cosmicómicas.

… Aunque en realidad razones para arrepentirme, en mi caso, habría más de una. Es verdad que, tal como muchos de mis colegas escépticos que han publicado sus historias en este blog, fui criado por una familia católica. Pero era al mismo tiempo un ambiente lleno de libros, favorable a la discusión y sinceramente racionalista. A falta de la amplia malla televisiva contemporánea y, peor aún, debido a mi timidez crónica, las tardes de mi infancia transcurrían entre la lectura y agitadas polémicas con mi tía Toña, mi hermana Laura (un año mayor que yo) y mi amiga Doña María (una buena señora conservadora de unos 60 años en esa época), polémicas que no rehuían ningún tema: filosofía, teología, política, ciencia… Mis adultos mostraban una proverbial paciencia: en vez de atacar mi falta de años y experiencia, o condescender para evitar la discusión, como hubieran podido hacer muchos otros, se tomaban el tiempo de vencer mi terquedad con líneas sólidas de argumentos y evidencia.

Pero aún en un tal ambiente, de alguna forma me las he arreglado para creer en muchas cosas extrañas. De alguna forma, en mi sistema de creencias han coexistido y combatido permanentemente el racionalismo y la ilusión, el pensamiento independiente y la comodidad de las convenciones. A la larga siempre han salido vencedores el racionalismo y la independencia, pero algunas batallas tomaron mucho más tiempo del que ameritaban.

Recuerdo, para empezar, haber sido un católico fervoroso en mi más tierna infancia. Durante años guardé con cariño un viejo devocionario,probablemente alguna edición de “El angel de la infancia”, al que me refería como “mi biblita”. Tener mi propio libro sagrado me emocionaba profundamente, tanto porque me permitía imitar las actividades de los adultos, como porque en realidad creía en las entidades mágicas a las que cada noche rezaba “Cesusito (sic), Cesusito (sic), eres niño como yo…” , y si esas entidades existían, para el pequeño bibliófilo analfabeta que era yo a los 4 o 5 años, no podía haber una manifestación terrenal mejor que un libro viejo empastado en cuero. En definitiva, ese librito se convirtió en un talismán personal, que sólo abandoné de forma definitiva cinco o seis años después cuando mi nivel de lectura me permitió reemplazarlo por la edición familiar de la Nácar- Colunga.

No obstante ese fanático fervor, en otros aspectos de la vida me comportaba con el sano racionalismo común a mi ambiente familiar. A los cinco años hice mi primera contribución a una columna racionalista: colaboré con mi hermana Laura en la redacción de una nota sobre el poder de la mente, y que fue publicada en nuestro magazin de circulación interna (tiraje 1 ejemplar). Como se aprecia en la imagen, dicha nota consistía en una ilustración acompañada de un claro mensaje: “Una cosa es que el celebro (sic) mande a la mano a recoger el balón y otra que el celebro (sic) mande a la pelota en la mano” . No recuerdo exactamente cuál fue la inspiración para escribir ese “artículo”, probablemente habíamos escuchado algún programa radial sobre el poder mental, y creímos conveniente plasmar por escrito nuestro escepticismo al respecto. Cabe resaltar que pareciera que ya en esa época habíamos superado el dualismo cerebro-mente y abrazado una sana visión naturalista y cientificista sobre el universo.

dibujo

¡No así! Cuatro o cinco años después, tras leer “La magia del poder psicotrónico” pasamos horas, un poco en broma – pero suficientemente en serio – señalando nubes con los dedos para destruirlas. Aunque no tenía en ese momento las herramientas conceptuales para entenderlo, estaba presenciando cómo ni el conocimiento, ni el caracter racional, son suficientes por sí sólos para desplazar al pensamiento mágico. La necesidad de creer en cosas bonitas, agradables y sencillas, es muy difícil de derrotar, se requiere un esfuerzo conciente y permanente, y no sobra tener compañeros en la búsqueda.

libro

Mi tránsito hacia el ateismo se aceleró cuando empece la secundaria en el Colegio Mayor de San Bartolomé, con los jesuitas. La Compañia de Jesús -no confundir con La Compañía del Sabor- se considera una especie de vanguardia del catolicismo en su lucha contra todo tipo de herejías y heterodoxias. El objetivo de su plan educativo es el de formar “soldados en Cristo”, lo que implica conocimientos sólidos de la doctrina, pero también de la exégesis, la literatura, las ciencias, la historia, y la retórica. Así que, aunque sería ridículo decir que salí del colegio siendo un doctor de la iglesia, ó -todavía menos- un docto en meforshim, si me enseñaron a hablar con prepotencia – cosa que, para decir la verdad, se me dá muy bien- y a presentar mis argumentos de forma suficientemente sólida como para aplastar al pastor de garaje promedio. El asunto es que, como diría Salvor Hardin, una pistóla atómica es una buena arma, pero puede apuntar en ambas direcciones, y las herramientas que sirven para aplastar a un pastor de garaje, también pueden aplastar al católico promedio, incluyéndome a mí. Hay que reconocer que los honorables padres jesuitas hicieron también una buena labor de adoctrinamiento, y me enseñaron también toda clase de trucos y falacías, así que durante un par de años pude mantener tranquilamente un doble rasero, con el que podía exigirle a las creencias de los demás una consistencia lógica que no aplicaba para las mías. Abandoné, eso sí casi de inmediato, todo respeto por la jerarquía eclesiástica y la mayoría de los dogmas del catolicismo.

En cualquier caso, para cuando entre a la universidad, solo un par de coyunturas me mantenían unido al Cuerpo de Cristo. La más débil era la costumbre. La más fuerte, esa reconfortante sensación que da el sentir que hay un ser superior que se encargará de arreglar todas las injusticias. Porque he ahí la principal fuente de mis más extrañas creencias: un sincero y fuerte anhelo de justicia social. Ya he dicho que me crié en ambiente creyente pero deliberante. Falta, quizá, contar que me crié durante las épocas del Estatuto de Seguridad, el M.A.S , las guerras de carteles , la toma del Palacio de Justicia, y el exterminio de la UP, y que para llegar cada día al colegio, pasaba entre algunas de las putas más tristes y pobres de la ciudad (en la carrera 10 con calle 10) y junto a los mendigos deformados por la poliomielitis en el pórtico de la iglesia de la Concepción.

Mientras que mis creencias religiosas habían desaparecido prácticamente por completo al llegar a la mayoría de edad, corregir la ingenuidad de mi ideario político tomó mucho mas tiempo. Aunque mi carácter individualista, y mi aprecio por la lógica y la confrontación racional, me mantuvieron alejados de los diferentes grupúsculos de engrupidores profesionales y de todo tipo de caudillos políticos, durante muchos años quise creer que tipos como Marx, Bakunin o Kropotkin habían encontrado las soluciones a los grandes problemas de la sociedad, y que bastaba con releer sus textos para descubrirlas. Quise, también, creer que las grandes corporaciones se comportaban como villanos de opereta, perpetrando toda clase de crímenes contra la gente , y toda clase de errores estratégicos. Como son tantas las ideas mágicas que he tenido acerca de la política y la economía, y como muchas probablemente las he bloqueado de mi memoria, es más fácil en este punto mencionar algunas supercherias populares que no he tenido: no he sido antiimperialista, al menos no después de los 15 o 16 años, no he creido en sociedades secretas que controlan el mundo, no he sido nacionalista, ni bolivariano, ni Stalinista, ni Maoista ni Larouchista.

rusia

Sólo hasta haber completado unos buenos años de actividad científica (digamos que para la época en que terminé mi disertación), logré finalmente acostumbrarme a aplicar de forma brutal y sistemática las herramientas del pensamiento científico y el escepticismo racional a todo mi sistema de creencias. Pero, ni aún hoy, me considero exento de errores. De cuando en vez mis discusiones con colegas escépticos revelan algún rezago de pensamiento ilusorio, la diferencia, por supuesto, es que ahora puedo eliminarlos con prontitud.

Quise comenzar esta nota citando a un brillante literato ateo. Déjenme terminarla citando al muy brillante y muy católico G. K. Chesterton : Whereas I am incurably convinced that the object of opening the mind, as of opening the mouth, is to shut it again on something solid. Si, conviene tener la mente abierta, considerar todas las posibilidades y escuchar todos los argumentos. Pero al final no todas las opiniones ni todos los argumentos pueden tener la misma ponderación: la evidencia empírica y las herramientas de la lógica nos permiten separar el oro de la escoria, y ese proceso de filtrado se da mejor cuando estamos dispuestos a discutir nuestras creencias de forma seria, ruda y honesta.

Felipe Valencia H., (ex-magufo.)

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